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mis fachas

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facha. fachada, faz, faceta. antifaz. soy arquitecto y algo entiendo –supongo– de la importancia de las apariencias. con todo mi facha no me ayuda. hoy, aunque llevaba pantalones oscuros de vestir y una camisa gris también de vestir con una corbata que no combinaba ni con una sola línea de mis calcetines, pero que fue la única que encontré en mi casa, donde pensé ya todas habían desaparecido, y unos tenis puma de piel, negros con vivos y agujetas blancas, lo mejor y más nuevo de mi vestimenta, fui ignorado primero por un taxista –que más adelante hizo la parada frente a una pareja– y no cumplí con los requerimientos mínimos para entrar a donde se me había citado –corbata sí, saco no, tenis menos.

ni modo. no es que piense que eso sea grave. al fin de cuentas cualquier club privado puede permitirse sólo admitir a quienes cumplan ciertas reglas: jaqué o saco y corbata, traje de luces o vestido de lentejuelas o un simple suspensorio –en los dos últimos, dado el caso, probablemente me esforzaría un poco más por ganar acceso. pero también cualquiera puede decidir si se priva del privilegio de ser admitido a un club privado precisamente por tales exigencias.

no es que no me gusten los trajes ni las corbatas. si hubiera vivido en la época de adolf loos o de ludwig mies van der rohe, hubiera querido usar esos trajes negros impecablemente cortados a la medida. ¡qué elegancia! pero elegancia, dijo loos, es pasar desapercibido en el centro de la cultura de tu época, y eso no se logra hoy con un traje vienés de fin de siglo.

loos criticaba a los aristócratas austriacos de su tiempo por usar ropa interior de lino –incómoda e impropia para las actividades físicas– en vez de algodón, como los americanos y los ingleses: una ropa de quien trabaja y hace algo. hoy seguramente los calzones de loos serían unos calvin klein y, aunque en su momento criticó los tatuajes como un atavismo primitivo ya sólo propio de criminales, supongo que si tuviera mi edad tendría tatuadas en alguna parte unas barras negras como las que revestirían la casa que diseñó para josephine baker.

de regreso a casa en el metro, venía pensando en la ridiculez de los industriales, tan elegantes, en un país donde la industria en general es un fiasco –pensemos que el hombre más rico del mundo, mexicano, lo es por las gracias concedidas por un nada santo gobierno mitad servil y la otra mitad corrupto, y que si ahora mismo desapareciera del mundo –el millonario no el gobierno– ni la tecnología ni la industria perderían gran cosa pues su fortuna no se debe a lo que su ingenio haya agregado a la industria. pero el viaje también me dio tiempo para pensar que escribir eso sería un exceso y podría revelar cierto enojo o resentimiento –finalmente, querías entrar, alejandro.

pero no. en el fondo simplemente pienso que una camiseta de buen algodón y bien cortada, con algún estampado discreto pero inteligente, es mucho más elegante –en el más profundo sentido loosiano– que un saco mal cortado que te presten a la entrada de un club privado y que a donde piensen lo contrario no quiero entrar. también pienso que un traje de buena tela y ajuste perfecto a la medida no está mal, como no está mal viajar en carroza, hacer caravanas con sombrero propio u honrar a la monarquía. no está mal, sólo un tanto fuera de tiempo. curiosidades nostálgicas del pasado, pues.

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Written by ahgalvez

29/10/2012 a 20:22

Publicado en Uncategorized

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