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el teléfono delator

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el corazón delator es la mala traducción al español del título del cuento de edgar allan poe the tell-tale heartcuento que realmente no viene a cuento con lo que quiero decir con esto del teléfono delator, pero me resultó imposible evitar la asociación.

el estado policiaco, aquél que busca controlar al máximo los actos de sus ciudadanos, opera en principio de dos maneras complementarias. primero, un cuerpo dedicado a la inteligencia, a investigar e intervenir en la vida privada de los ciudadanos y, segundo, un mecanismo mucho más sutil que implica convencer a los mismos ciudadanos de hacer ellos ese trabajo, idealmente vigilándose a sí mismos –volviéndose refractarios a cualquier idea o intención que contravenga la norma– pero comúnmente al prójimo. el estado policiaco premia al delator quien, con mucho más frecuencia de lo que se imagina, lo hace convencido de que el otro actúa mal y él, por tanto, bien. en el fondo, supongo, cualquier tipo de estado recurre a esas dos formas de control: el policía físico y el metafísico, interiorizado como una forma de la –buena– consciencia. la diferencia está en la intensidad y en las formas de control retroactivo: qué tanto los ciudadanos mismos tienen injerencia sobre los mecanismos que los deben controlar a ellos.

las redes sociales, en especial –al menos en mi caso– twitter, y la tecnología de comunicación portátil –en especial los teléfonos con cámara– nos permiten a todos ejercer de una manera mucho más precisa y eficiente el control, tanto directo –actuando como policías y denunciando al vecino que hace mal– como retroactivas –vigilando a la autoridad. del segundo caso vimos varios ejemplos recientemente con las detenciones ilegales por parte de la policía el 1º de diciembre, grabadas por testigos videoculares y hechas públicas en las redes sociales. del primer caso podemos ver miles de ejemplos cada día. casi obsesivamente registramos las fallas y abusos del prójimo y enviamos el mensaje, prueba incluida, a las autoridades responsables de meterlo en cintura.

es una forma de la delación que ha rebasado o, de menos, transformado aquella organizada jerárquicamente en el estado totalitario. aquí todos –o al menos esos todos que hemos asumido ya como parte de nuestra consciencia que hay cosas que no deben hacerse: dar vuelta prohibida, tirar basura en la esquina, estacionarse en segunda fila, etc.– somos parte de una organización bastante compleja, mezcla de individualismo –en el fondo delatamos porque nos molesta a cada uno de nosotros– y colectivismo –hay cierta búsqueda, no se que tan sincera, de eso que se llama el bien común–, horizontal, y que en vez de someterse a una norma impuesta por la autoridad, le exige a ésta que haga valer algunas normas para que no sean sólo letra muerta.

las tecnologías nos vuelven así delatores. disfrutamos –al menos yo lo hago– cuando la grúa se lleva por primera vez al auto que durante meses o años se ha estacionado donde no debe. vemos ese acto como un triunfo de la ley y el orden.

algunos verán esto como el mayor triunfo del estado policiaco, autoritario, impulsado por el capitalismo postindustrial: el gran hermano ahora es legión. seguramente tienen razón. se trata de una fuerza normalizadora de intensidad inimaginable. pero, por otro lado, es a veces la única manera como podemos, entre “todos”, apretar algunas tuercas de esta inmensa máquina social tan dada al cascabeleo.

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Written by ahgalvez

17/12/2012 a 17:36

Publicado en Uncategorized

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