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el nuevo aeropuerto : una ficción

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hace poco, en una comida, un amigo me contaba de un país en el que, desde hace muchos años, se sabe que el aeropuerto de la principal ciudad ya no basta y no funciona bien. cuando lo hicieron, los habitantes de ese país no pensaban que todo fuera a crecer tan rápido. tampoco, es cierto, hicieron nada por evitarlo. la ciudad —algo al parecer natural y previsible en ese tipo de organismos, por llamarles de algún modo— crecía más allá de sus bordes difusos y todo lo que había sido construido en las afueras empezaba a quedar dentro. primero las estaciones de trenes y autobuses, luego las cárceles y los grandes mercados, al final hasta el aeropuerto, que quedó a la mitad de una ciudad demasiado grande para la capacidad de aquél. no era raro, al volar de regreso a la ciudad, ver a algún extranjero que por primera vez llegaba a la capital asombrado o francamente asustado al ver por las ventanillas del avión que la tierra se acercaba cada vez más pero, a diferencia de otros aeropuertos que conocía, no desaparecía de su vista sino, al contrario, podía ver las casas, los coches, las personas caminando y de pronto, ¡pam!, el golpe del tren de aterrizaje contra la pista.

hace algunos años, un presidente —electo, dicen, por el pueblo, cosa no común en aquél país que llevaba varias décadas gobernada por el mismo grupo— decidió encarar el problema y propuso un nuevo aeropuerto. la capital de ese país es una ciudad vieja que en el siglo XIV se fundó como sede de un imperio en un islote al centro de unos grandes lagos. las crónicas cuentan que era impresionante, pero ahora eso ya es casi un mal recuerdo que surge, amenazante, en épocas de lluvia, cuando el drenaje, tan mal planeado en relación al crecimiento de la ciudad como el aeropuerto, se satura. un grupo de arquitectos y urbanistas pensaron, quizás inspirados por las inundaciones, que sería fácil recuperar alguno de esos lagos y que el nuevo aeropuerto, como una isla al centro del lago revivido, resolvería muchos de los problemas de la capital. las cosas, dicen, se hicieron mal. ni la negociación, ni la política en el sentido más amplio y claro, ni la participación social,  eran algo que, dada la tradición local, se supiera aprovechar al hacer proyectos de ese tipo. hubo protestas que no terminaron bien. el proyecto del aeropuerto se canceló y se hizo un concurso para construir otra terminal junto al antiguo, aunque todos sabían que no serviría por mucho tiempo.

en esta historia no caben las explicaciones de por qué, años después, regresó al poder aquél partido que había controlado todo por años. para muchos, el nuevo presidente era la cara joven de los mismos vicios y las mismas trampas. ellos, los vencedores, decían otra cosa: habían aprendido. pese a todo el bien que históricamente habían hecho al país, sabían de sus errores. ni la democracia, ni la transparencia ni mucho menos la honestidad habían sido lo suyo. pero aprendieron. o eso al menos dijeron. el nuevo presidente, desde antes de serlo, acostumbraba prometer mucho y prometer que cumpliría todo lo prometido. ya en el poder más alto prometió, entre muchas otras cosas, un nuevo aeropuerto. era necesario —todos lo sabían. pero no dijo ni cómo, ni dónde, ni cuándo.

los habitantes de aquél país saben que las cosas pasan de maneras muy complejas, o tal vez muy simples. algunos pensaban, seguramente, que un día el aeropuerto aparecería donde debiera de aparecer. reluciente. el mejor del mundo. otros pensarían que eso jamás pasaría, que el presidente llegaría al viejo aeropuerto y lo inauguraría de nuevo llamando a la ciudad con un nombre distinto al que tenía —algo que los habitantes de aquél país nunca supieron si era un juego sutil de inventar nuevos nombres o, simplemente, mala memoria o simple ignorancia. pero otros, astutos, pensaron que habría que adelantarse a los hechos. inversionistas interesados en el negocio empezaron a buscar arquitectos y constructores que pudieran hacerles su aeropuerto. seguramente no habría concurso para eso —hay que apuntar que para muchos arquitectos de aquél país un concurso se definía como los distintos pasos que llevaban a cerrar un trato con un apretón de manos entre amigos; las minucias legales siempre podrían cubrirse después.

poco a poco, en los más selectos círculos de arquitectos y urbanistas, se empezó a hablar del proyecto. en sobremesas y pasillos se decía que habría varios invitados al concurso, que participarían arquitectos y firmas extranjeras reconocidas por su conocimiento del tema, que los extranjeros se asociarían con famosos arquitectos locales, que serían 5 —los mejores, los que ya lo habían pensado, los que ya habían hecho aeropuertos, los que están muy cerca de quien podría estar interesado en esa grandísima inversión y contaba con el dinero para hacerla— o tal vez sólo tres. se decía que, aunque nadie supiera nada, la última semana del penúltimo mes del primer año de la nueva era se anunciaría algo. ¿qué?: ¿los concursantes? ¿los finalistas? ¿el ganador? hubo quienes pensaban que eso no era posible, que las cosas deberían de haber cambiado —eso dijeron al volver al poder: que ya habían aprendido un poco de eso que llaman democracia, con sus procedimientos y sus exigencias de claridad, transparencia y rendición de cuentas. y otros decían que era de esperarse, que nada había cambiado, que en el fondo todos eran parte de un sistema corrupto donde no valían las mejores ideas sino las mejores relaciones y que nada cambiaría mientras nadie le dijera a los otros que así no estaba bien.

cuando llegó a ese punto, mi amigo recibió una llamada de teléfono. habló bajo, asintió tres veces y colgó. me dijo que tenía que irse con urgencia. pedimos la cuenta y al despedirnos, casi al salir, alcancé a decirle “qué suerte que en nuestro país todo es distinto.” sonrió, levantó la mano para parar un taxi que pasaba enfrente, se subió y, antes de cerrar la puerta del taxi, me respondió: “¡qué suerte!”

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Written by ahgalvez

21/11/2013 a 17:40

Publicado en Uncategorized

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