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el lado b de mi otro blog

la generación perdida

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el presidente y el jefe de gobierno del país y la ciudad donde nací y vivo —nótese la torpe frase con tal de no decir: mi país o mi ciudad— son apenas un año mayores que yo. me veo mejor que ellos, lo se. seguramente porque las preocupaciones que acarrea su oficio implican mayor desgaste físico que lo que yo hago.

empezamos a gatear y caminar cuando díaz ordaz era presidente y se mataban estudiantes en tlatelolco. a hablar y a leer cuando echeverría estuvo al mando. yo tenía 15 años cuando lópez portillo nacionalizó la banca en su último informe de gobierno. no se si era lo normal para la gente de mi edad en esos años, pero vi completa la transmisión —el día del informe no se trabajaba y no había otra cosa que ver en la televisión o que escuchar en la radio— y, pese a la mala memoria respecto a lo que he vivido, recuerdo mi sorpresa ante el anuncio: “ya nos saquearon, no nos volverán a saquear.” lo decía el mismo presidente que afirmó nos tocaba administrar la riqueza; el que pidió perdón a los pobres al tomar el cargo y volvió a pedirlo, entre lágrimas, al dejarlo; el que defendería al peso como un perro. mi adolescencia y primera juventud las viví con la renovación moral de la sociedad de miguel de la madrid y la solidaridad de salinas —que hábilmente secuestró con ese lema una vaga sensación de comunidad surgida tras el sismo del 85 robándole la marca al sindicalismo de lech walesa. llegó el tratado de libre comercio que a la larga nos permitiría comprar en la tienda de la esquina los dulces que de niños encargábamos de falluca al primo que viajaba a los ángeles o, más cerca, a tepito. apareció el ezln: la “primera” “nueva” “revolución” “global”. mataron a colosio y llegó zedillo y otra crisis económica —con echeverría y con lópez portillo las devaluaciones y la inflación también habían hecho lo suyo.

a los 33, salí con muchos a la calle a festejar el triunfo de fox o, más bien, que por fin el pri había perdido o, más bien, que lo habíamos sacado de los pinos. tal vez de ahí y nada más de ahí. vino calderón con sus miles de muertos y desaparecidos, con su atención fija en una guerra que no podía ganar y en una economía que nomás no aceleraba —en parte, dicen algunos, por la rémora de unas reformas faltantes que el hoy reformista pri se empeñó en frenar. y volvió el pri. de hecho nunca se fue. en la práctica siguió gobernando buena parte del país off the pinos así como hay teatro off broadway. y además, temo coincidir parcialmente con peña, el pri o la corrupción, es lo mismo, es algo cultural —ya volveré a eso en otra entrada.

hoy, día del segundo informe de peña y cuando se acerca el segundo de mancera, no puedo compartir el optimismo de estos dos, mis coetáneos. mi desánimo no es sólo el de un ciudadano que no le cree a los políticos que lo gobiernan, sino el de un contemporáneo que no ve las cosas del mismo modo. cuando el presidente del país en el que naces y vives es de tu misma generación debes asumir que ya el resto es tiempo extra —o la bajada en la montaña rusa, que es lo que algunos más disfrutan.

no he vivido ni vivo mal. estudié lo que quise. he viajado. he comprado la décima parte de los libros que me gustaría comprar —que son muchos. trabajo en lo que quiero. no debería quejarme. o no tanto. pero veo el país y la ciudad donde nací y vivo y no puedo compartir la emoción o el entusiasmo de peña o de mancera, que juzgo, más allá de una deformación profesional suya o un sucio truco de político, como auténtico. a pesar de todos sus errores y a pesar de todas sus triquiñuelas, supongo que estos dos, por mencionarlos a ellos, creen realmente en eso. podrían recitar sin ruborizarse aquella línea: ¡méxico, creo en ti! yo no.

lo que he visto —que no vivido, para no presumir que mi enojo o mi desánimo tienen por causa mis circunstancias— es un país que se desmorona, cuyas instituciones públicas fallan constantemente, que no logra rescatar del olvido y de su correspondiente pobreza a la mitad de sus habitantes y en el que unos cuantos hacen todo lo posible —muchas veces sin aceptarlo— por mantener privilegios que en público juzgan ofensivos.

no hubo cambio. no hubo transición y, si nos movemos, nos movemos sin rumbo —como si alguien presa de un ataque epiléptico presumiera de la energía que despliegasi por mi fuera decretaría, como el título de esto que escribo, que somos una generación perdida. pero lo se: exagero y quiero contagiarle a todos mis angustias y amarguras.

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Written by ahgalvez

01/09/2014 a 07:52

Publicado en Uncategorized

2 comentarios

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  1. Decía, hace unos años, que mi generación (hoy de 39 años) ya estábamos en el puesto en que quiríamos estar y desde el que podíamos influir, o ya nunca lo estaríamos. Me lo has recordado, que ya no llegué.

    Rodion Romanov

    01/09/2014 at 11:54

  2. […] tiempo escribí aquí algo con ese mismo título. tenía que ver con la sensación de que mi generación, la misma de peña […]


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