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el lado b de mi otro blog

para que no pase de nuevo

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la generación perdida

hace tiempo escribí aquí algo con ese mismo título. tenía que ver con la sensación de que mi generación, la misma de peña y mancera, fue —porque ese era el tema: ya fuimos— en términos del cambio y de la transición, una que perdió su fuerza y su sentido. hace unos días, comentaba con derek dellekamp —buen arquitecto, buen amigo, de buen carácter y nada pesimista, al contrario mío— la noticia publicada el viernes 19 de diciembre por el universal. la nota trataba sobre algunos de los proyectos encargados el sexenio pasado por consuelo saizar, entonces presidenta del consejo nacional para la cultura y las artes y sobre la supuesta decisión de la secretaría de la función pública de responsabilizar por el estado de esas obras directamente a los arquitectos o, más que responsabilizar, culpar: habrá, según se reportaba, quienes deban pagar por daños y vicios ocultos y otros que no podrán cobrar sus contratos. tanto derek como yo conocemos y somos amigos de varios de esos arquitectos y pertenecemos a su generación: los que tenemos entre los 40 y los 50 o tal vez 55 años. entre todo lo que comentamos me llamó la atención una afirmación de derek: en términos de arquitectura pública, somos una generación perdida.

es cierto. si se hiciera un resumen —muy breve y nada preciso, sin duda— de las obras de arquitectura pública en el país desde finales de la revolución hasta nuestros días, hablaríamos de la secretaría de salud y el hospital de tuberculosos, de los años veinte, de las escuelas y mercados de los años treinta, que cierran con la transformación de parte de la estructura del porfiriano palacio de justicia en monumento a la revolución, los cuarenta preparan los años cincuenta con ciudad universitaria o el centro urbano miguel alemán o los aeropuertos de la ciudad de méxico y de acapulco o la merced y muchos más mercados en la ciudad de méxico y hospitales y las unidades habitacionales y los teatros del seguro social. en los sesentas basta nombrar los museos de antropología y de arte moderno o tlatelolco —unidad habitacional y secretaría de relaciones exteriores juntas— para darse una idea. en los años setenta y ochenta los multifamiliares del infonavit y el edificio infonavit mismo para rematar en los noventa con el centro nacional de las artes. todo eso cierra, tal vez, con la biblioteca josé vasconcelos de fox: un arca que ya presagiaba un diluvio. para el gobierno de calderón —cuando la generación de la que hablo andaba entre los treinta y tantos y los cuarenta y tantos— la historia cambió radicalmente. si la estela de luz es una vela no es de cumpleaños sino fúnebre; más bien una lápida.

aunque tras la salida del pri de los pinos vinieron varios concursos —el primero, si recuerdo bien, para el zócalo de la ciudad de méxico, convocado por el gobierno de cuauhtémoc cárdenas antes incluso del triunfo de fox— el resultado no es para nada alentador. algo hicimos mal, como sociedad y como gremio, que no resultó en un cambio positivo sustancial en la manera como se hacía arquitectura en lo que hoy, desgraciadamente, debemos calificar como primera época del pri. en un texto sobre la arquitectura pública de los dos sexenios panistas terminaba escribiendo: “si ya estos 12 años sólo dejaron algunos buenos edificios y poco para la arquitectura tanto como disciplina como en tanto hecho cultural, hagamos algo para que el despertar del dinosaurio no nos amenace con más de lo mismo.” ¿qué hemos hecho?

el silencio de los inocentes

si la nota del periódico sobre la resolución de la secretaría de la función pública es correcta, estamos ante un hecho inédito: no sólo se responsabiliza, se culpa a los arquitectos de lo que quedó mal, a medias o sin terminar. rafael tovar de teresa, actual presidente del cnca, parece asumir esa resolución que, además de confusa, resulta tardía: ¿hacían falta dos años para darse cuenta de algo que era evidente desde antes de que ocuparan el cargo? eso, en vez de buscar a los responsables directos donde están: entre los funcionarios de la administración pasada y principalmente en la persona que antes ocupó su cargo: consuelo saizar. por supuesto, no todo el desastre de la arquitectura pública en el país durante el gobierno de calderón es responsabilidad de saizar, pero es un muy buen ejemplo —por lo malo— de lo que no debió haber pasado. aunque durante su gestión muchos se excedieron en elogios gratuitos, su trabajo realmente fue consuelo de pocosobras que no fueron planeadas sino resultado de la ocurrencia y el gusto personal; cuyos proyectos no fueron concursados sino asignados mediante vericuetos conceptuales para aparentar legalidad: se asignó como si se comprara una obra de arte; y se construyó con prisas y sin seguir las indicaciones de proyectos que se resolvían al tiempo que se erigía la obra, enfrentando cambios constantes, de nuevo, resultado de la poca planeación y de asumir que el gusto de una funcionaria era determinante.

los arquitectos que trabajaron bajo estas condiciones —que en muchas sobremesas algunos criticamos— terminaron atrapados en una situación de menos confusa. tras el autoritarismo y la corrupción que caracterizaron a los regímenes priistas, los del pan —y los del prd donde les tocó gobernar— no supieron construir nuevos modelos para la obra pública. la corrupción no disminuyó y el autoritarismo se diluyó, dando como resultado que con métodos similares —un presidente quiere algo, un secretario o ministro organiza todo, el arquitecto elegido por el poder lo resuelve— ya no se construyeron museos de antropología. no tenemos la distancia histórica para evaluar críticamente, pero dudo que en 50 años, los que este año celebró el museo de ramírez vázquez, veamos a cualquiera de las obras del gobierno de calderón y de la gestión de saizar del mismo modo que a ese museo. se podrá argumentar que muchas cosas han cambiado, que incluso en otros países sucede lo mismo, que tras las grandes obras de mitterrand en francia, por ejemplo, ya no ha habido nada de esa envergadura. podríamos incluso decir que ni siquiera es deseable regresar a ese tipo de arquitectura. pero si así lo pensamos, lo cierto es que eso no fue lo que dijimos como generación. ante los falsos cambios guardamos silencio.

el final de la inocencia

no es difícil convencerme de lo que afirmó derek: en cuanto a arquitectura pública, somos una generación perdida. las razones son múltiples. lo público en sí —en sus muchas acepciones— se ha desmantelado. el deterioro de nuestra sociedad no está exento de ser tanto causa como efecto de ese desprecio por lo público. nada nos hace suponer que las cosas vayan a cambiar con el encore priista de peña, al contrario: concursos nada transparentes como el del nuevo aeropuerto de la ciudad de méxico y los escándalos jamás aclarados sobre conflictos de interés que implican a funcionarios de tan alto nivel como el secretario de hacienda o el mismo presidente, hacen suponer que la transparencia y la rendición de cuentas en general y en particular en lo que se refiere a la obra pública siguen siendo una tarea pendiente.

si nuestra generación actuó —asumo que con buenas intenciones aunque con ingenuidad— pensando que las cosas habían cambiado, hoy sabemos que no cambiaron o no lo suficiente. la generación que sigue —los que están entre los 30 y los 40— deberán enfrentarse a esas condiciones e intentar, ellos sí, cambiarlas abierta y radicalmente. hacer como que las cosas cambian no basta, ya lo vimos. les podemos dar algunos consejos, eso sí.

no confíen en las buenas intenciones de ningún gobernante: aunque sea una banqueta el funcionario emprende una obra o bien para ganar aceptación o para ganar dinero o ambas: entre menos poder y responsabilidad tenga el arquitecto más les conviene.

no hagan obra pública que parezca improvisada. eso en este país casi equivale a decir no hagan nada, pero mejor si no hacen nada a pensar que ustedes si podrán hacer un buen proyecto y construirlo a la perfección en 19 meses —eso le llevó a ramírez vázquez hacer antropología, pero no hay que pecar de ingenuos: la realidad demuestra que no, no se puede.

lo más importante: no se callen. no esperen a que las cosas “se resuelvan”, a que tras la inauguración la constructora cambie aquél detalle que no quedó bien. no lo harán. el funcionario estará contento con que se inaugure a tiempo y cuando la prensa describa los errores ya estará en otra oficina, confiando en que quien ocupó su puesto cubrirá sus fallas: es el acuerdo tácito principal del gremio de los políticos.

por supuesto si ustedes no lo hacen habrá quien lo haga. ya hay alguien que comió o cenó ayer con un presidente municipal ofreciéndole un proyecto o pidiéndole a su tío una cita con el secretario. tampoco callen en ese caso. como escribió hace poco eduardo cavadal, los arquitectos —los de mi generación y las anteriores, al menos— tenemos la muy mala costumbre de rechazar las esculturas de sebastian pero callar cuando un colega actúa de manera similar.

he oído muchas veces la crítica a los arquitectos privilegiados por el poder, a que siempre son los mismos los que se reparten todo, aunque no salga bien. ¿saben qué? es cierto. es cierto porque así es el país en general. y los privilegiados no dejarán sus privilegios por gusto sino ante la presión generalizada. nuestra generación, sí, para la arquitectura pública ya es prácticamente una generación perdida. a todos, pero más a las generaciones que siguen, nos toca hacer lo posible para que no pase de nuevo.

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Written by ahgalvez

26/12/2014 a 14:12

Publicado en Uncategorized

2 comentarios

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  1. […] ex-presidenta de tal consejo, consuelo saizar, entregó en distintos grados de inacabamiento. ya he escrito en otra parte que eso fue como declarar a una generación completamente perdida para la obra […]

  2. […] genéricamente (y aquí caben todo tipo de honrosas excepciones) de lo que está antes de la “generación perdida” delimitada por Alex Hernández, es decir hasta los 55 años, a la fecha, la generación de Peña, de Mancera y de Simón […]


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