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mi día sin auto

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hoy salí de santa fe a las 2:30. crucé vasco de quiroga entre muchos coches que se detienen frente al paso peatonal porque hay sendos reductores de velocidad a cada lado, si no, no lo harían. al otro lado de la calle ya estaba uno de esos autobuses que alguien decidió pintar color pistache para que los imaginemos ecológicos. otros dos venían en fila. ninguno estaba lleno. cobran seis pesos por llevarte al metro tacubaya. al que me subí lo manejaba un muchacho que apenas habrá cumplido los 18 y lo auxiliaba otro, igual de joven, gritando desde la puerta en cada parada ¡súbale, súbale, metro tacubaya! el autobús iba rápido, probablemente rebasando los 50 kilómetros por hora que no se si también sean el límite para el transporte público-concesionado. son de esos autobuses medianamente viejos, con asientos duros de plástico también verde y el peor sistema de amortiguación posible. con las calles mal pavimentadas al llegar al metro tacubaya ya me dolerán los riñones o las nalgas —a la segunda década del siglo 21 aun no hemos descubierto en esta ciudad un método más o menos resistente para hacer calles.

los dos muchachos, el conductor y su copiloto, llevan la música a todo volumen. la bocina está en la parte de atrás y los graves retumban con fuerza. no está nada mal su selección musical. en algún momento noto que varios pasajeros movemos los pies al ritmo de manera casi inconsciente. alors on danse. el autobús atraviesa el viejo pueblo de santa fe, el auténtico, la utopía de vasco de quiroga y no ese fracaso urbano del que nadie se ha hecho responsable. si guglean “santa fe” se encontrarán una presentación de jorge gamboa de buen en la conferencia de urban age en méxico, en el 2006: the santa fe node: it’s beginnings: “visión: el potencial de santa fe para convertirse en un verdadero centro urbano moderno;” “resultados: gran inversión privada que de otra manera hubiera abandonado la ciudad;” “problemática actual: falta de integración con el resto de la ciudad; mala infraestructura; pérdida gradual del espacio público.” ojos que no ven.

vasco de quiroga, la avenida, tiene, a veces, no siempre, dos carriles para cada sentido y uno más de estacionamiento. hay pocos semáforos y la gente cruza la calle donde puede y cuando puede. a ambos lados se pueden leer mantas que rechazan el paso del tren que vendrá de toluca por esa calle, ese al que alguno del gobierno de mancera quería techarlo con un tercer nivel para automóviles. no se necesita más que recorrer una vez en la vida la avenida vasco de quiroga para entender por qué los vecinos se oponen a la ridícula ocurrencia del gobierno federal y del local.

en algún momento, aprovechando el alto, mi autobús invade el carril de sentido contrario y rebasa a otros dos autobuses. se saludan al pasar. no están compitiendo: como el otro par de autobuses ya casi se llena los rebasan para llegar antes a donde los esperan nuevos pasajeros. de alguna forma es una atención al cliente. contra lo que suponen quienes no lo usan, el sistema de transporte público-concesionado —los peseros y las micros, pues— está organizado de una manera muy compleja: se registran sus horarios y sus rutas y aunque tienen la libertad de tomar algún atajo si hace falta, hay puntos en el recorrido con los que deben cumplir. es un sistema tan flexible como organizado. cierto, así no pasa en parís, pero tampoco el sistema judicial o el electoral son en francia tan flexibles como acá. una cosa por otra, pues.

a medio camino sube un par de vendedores. mire, se va a llevar dos chocolates con leche, les pedimos que los acepte y no los rechace, es una manera honesta de ganar dinero —dice uno de ellos, presumiendo un par de brazos que demuestran que su empleo informal le deja suficiente tiempo libre para entrenar. no le van a costar 12 o 15 pesos, como en el cine, se va a llevar dos por sólo 5 pesos cada uno —realmente son dos por diez, pues no los vende sueltos, pero el tipo sabe de mercadotecnia : dos por cinco pesos cada uno convence. el sistema que surte a estos vendedores con mercancía que a tan bajo precio genera aun utilidades es tan flexible como las rutas de las micros y las reglas del ine. en la siguiente esquina se bajan despidiéndose del conductor. aquí todos se conocen.

cuarenta minutos después estoy casi en el metro tacubaya. casi porque ahí el tráfico es peor. hay mucha gente y puestos que ocupan la mitad de las banquetas y hasta una parte del arroyo. es complicado moverse. en auto o a pie. podrían quitarlos, sí. pero ya sabemos: hay un sistema muy complejo y flexible de complicidad y clientelismo entre líderes de vendedores y autoridades. ¿qué le vamos a hacer? nosotros nada, porque si hubiera que hacer algo, algo como “formalizar” la economía informal —que ocupa a más del 50% de la fuerza productiva del país— tal vez habría que pagarle más a la señora que nos ayuda en la casa o al chofer del uber o a los trabajadores de las maquilas y a los dos muchachos que conducen el autobús en que viajo y que seguramente deberían estar terminando la prepa en vez de haciendo esto.

los que usamos el camión que baja de santa fe al metro tacubaya sabemos que a dos cuadras del metro tal vez sea más rápido bajarse y caminar que esperar a la parada –que realmente no sabemos dónde está. bajamos —por adelante y por atrás, porque ya llegamos casi a la base pues, en caso contrario, la mayoría baja por atrás, excepto las señoras con niños o las personas mayores, que le dicen al chofer: en la esquina, por favor, y ahí los deja. el mundo del transporte público-concesionado está lleno de esos pequeños gestos de amabilidad. habría que regularlo, por supuesto: que el autobús se pare sólo donde debe y no estorbe bajando gente a media cuadra y en segunda fila. pero, ¿qué le vamos a hacer? es parte de nuestra flexibilidad, como cuando la señora en su van espera a sus hijos a la salida del colegio parada donde más le conviene o el uber se detiene sobre el paso peatonal, nomás un ratito, en lo que nos recoge. la flexibilidad es lo nuestro.

llego al metro tacubaya pasadas las 3. mucha gente hace fila para recargar sus tarjetas —ya casi nadie compra boletos, por si no sabían. tal vez tampoco saben que en el metro siempre hay dos ventanillas para vender boletos a cada entrada. una siempre está cerrada y la otra la atiende una señorita que nunca deja el teléfono y que tiene la portentosa habilidad de cobrarte lo que pides sin perder el hilo de la conversación. las filas podrían ser menos largas si atendieran las dos ventanillas o si hubiera máquinas automáticas, como en el metrobús. tal vez sea cosa del sindicato. de todos modos, esas filas sólo se hacen a ciertas horas y más los días cercanos a la quincena —sí, hay quienes deben esperar a la quincena para recargar su tarjeta con viajes que cuestan sólo cinco pesos. como tacubaya es terminal, el metro siempre sale vacío. nos repartimos a lo largo del anden. cada quién sabe dónde le conviene más según su destino. sí: entramos un poco al galope: hay que ganar lugar, sobre todo si vas lejos: puedes aprovechar para la siesta —sí, muchos se duermen en el metro en vez de leer el periódico o un libro, pero es que tal vez se despertaron a las cinco de la mañana o antes para llegar a su trabajo.

el metro de la ciudad de méxico vive, como muchas cosas en el país, de viejos mitos: de los mejores del mundo. tal vez lo fue cuando lo inauguraron, pero hoy la falta de mantenimiento es evidente. no es por lo bajo del costo del boleto: es el nulo interés de administradores y gobernantes que sólo suben al metro una vez cada tres años a tomarse alguna foto. con todo, tampoco es terrible. hace unas semanas subí al metro junto con justin mcguirk, curador en jefe del museo del diseño en londres. era sólo una estación: del zócalo a pino suárez, pero el metro iba un tanto lleno. quienes lo acompañábamos lo vimos haciendo cara de “lo sentimos, te hubiéramos llevado en taxi,” a lo que respondió sonriendo: “es peor en londres,” dijo.

a las 3:15 o algo así ya estaba yo en el metro chilpancingo, a un par de cuadras de mi casa. no hice más tiempo que el que hubiera hecho en coche —que no tengo. probablemente menos para ser viernes y para ser quincena. ¡si hubiera ido más lejos! bueno, seguramente junto a mi viajó alguien que también se subió en santa fe, se bajó en tacubaya y que iba hasta pantitlán para cambiar de metro y bajarse en peñón viejo o en acatitla, en iztapalapa, donde tendría que tomar una micro que lo acerque a su casa. su viaje tal vez haya sido de hora y media o dos y le haya costado unos 16 pesos —32 diarios, ida y vuelta: casi medio salario mínimo.

como viajé hoy viajan, según las encuestas, 7 de cada 10 personas en la ciudad. muy probablemente la mayoría no lo hace por algún tipo de consciencia ecológica. lo hace porque no hay de otra, porque es para lo que les alcanza y es lo que hay. cada día, estoicos, repiten el mismo viaje de ida y el mismo de regreso. no protestan ni reclaman. como tampoco protestan o reclaman porque en su colonia no cae agua tres de cada siete días. o si protestan no lo hacen como nosotros cuando el puente nos dicen que tal vez racionen el agua. ¡carajo, este gobierno no hace nada!, decimos. mancera quiere que toda la ciudad sea como iztapalapa, leí el otro día no recuerdo dónde. quizás quien lo escribió no se dio cuenta de lo que dijo. pero en el fondo lo piensa, que es peor.

y sí: la ciudad es un desastre. como iztapalapa. no sólo lo que está dentro del hoy desaparecido distrito federal sino toda, la de 22 millones. y quienes la gobiernan no sólo no están a la altura de las circunstancias: exhiben su ineptitud con cinismo. aquí nunca hay responsables de nada y quien inventó el nuevo santa fe puede presumir su visión sin ninguna pena. el aire es sucio y dejen que apesta: enferma. igual el agua. sus hijos —especialmente en las buenas coloniasya no saben lo que es andar en bici o jugar en las calles y el rito de paso de ir solo a la secundaria ya es, para los herederos de la desvencijada pequeña burguesía chilanga, una leyenda que les cuentan sus padres. y lo peor, lo realmente terrible en esta ciudad, es que ahora, además, un día a la semana y un sábado del mes no podremos circular ni en el coche nuevecito que compré con tanto esfuerzo y que dejaría de usar gustoso si tan sólo en esta ciudad se dignaran a ofrecerme un transporte eficiente como el que merezco. ¿qué pretende el gobierno?

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Written by ahgalvez

02/04/2016 a 00:32

Publicado en Uncategorized

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