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la justificación como explicación

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Hace unos días Roberto Remes —el Rey Peatón y, desde unas semanas, también a cargo de la Autoridad del Espacio Público— explicó qué lo ha llevado —desde tres años atrás, dice, antes de trabajar en el gobierno actual— a apoyar el proyecto del CETRAM Chapultepec. Es bueno que un funcionario dedique tiempo y esfuerzo a explicar por qué está a favor de una propuesta del gobierno —como antes lo hizo Ernesto Betancourt. Es raro que en el contexto nacional eso suceda. Sin embargo, no todos sus argumentos parecen convincentes y, en general, son de nuevo intentos por justificar una decisión ya tomada en vez de fundamentar la necesidad, buscando convencernos de que algo no está mal y no explicarnos porqué sería bueno —que no es necesariamente lo mismo.

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Nivel -5.50 del CETRAM Chapultepec

De los trece puntos que plantea Remes, el primero y el sexto hablan de la relación del peatón con el nuevo paradero. Roberto nos dice que en el caso del CETRAM Chapultepec, no se trata de “pasear al viajero,” como ha sucedido en otros CETRAM, pues “la fuente de repago del proyecto no está centrada en el comercio sino en la inversión inmobiliaria” —la torre y el hotel— y que aunque el desarrollo sí plantea comercios, “no desvía al usuario para que pase frente a ellos.” Es algo que habría estudiar con atención en los planos del CETRAM —como lo hizo, con bastante cuidado, el mismo Roberto con los del fallido Corredor Chapultepec. En la propuesta del CETRAM, el área de transferencia modal norte se encuentra en el segundo sótano, por lo que si se viene desde el nivel de calle habrá que bajar 11 metros para tomar un autobús o una micro y aunque se baje en escalera eléctrica o en elevador, el desnivel implica al menos un desvío y tomará tiempo. La memoria descriptiva del proyecto dice: “del andén central se tienen dos accesos directos mediante escaleras eléctricas al mezzanine (sótano 1) para conectar con el vestíbulo del metro y continuar al ATM sur,” que se encuentra a 5.5 metros bajo el nivel de calle. La memoria agrega que en ese nivel “se ubicará un área destinada a comercio que dará servicio a todos los usuarios que realicen un intercambio de transporte, sea o no su destino final la estación Chapultepec.” Por tanto, de algún modo los peatones, además de bajar dos sótanos en un caso y uno en el otro, deberán pasear por el pasillo de un espacio comercial.

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Diagrama de circulaciones en el nivel -5.50 del CETRAM Chapultepec

Roberto complementa esta parte de su análisis diciendo que para algunos, el que la operación del paradero sea a desnivel “es imponer costos a los usuarios. No comparto la perspectiva —aclara—: para los usuarios del metro la distancia se acorta.” Cierto, si vienes en metro. Pero si asumimos que, tarde o temprano, la mayor parte de los usuarios del metro buscarán salir en algún momento a la superficie, incluso si quienes llegan a tomar un autobús a pie son minoría, se les obliga a recorrer mayor distancia a la que antes caminaban —aunque ahora se les libere de los vendedores informales para entregárselos a los formales. Más allá de la cercanía con el metro, Roberto escribe que en su perspectiva “siempre hay que buscar que el transporte opere en un nivel distinto al de la calle” pues “el espacio de mayor valor es el de planta baja.” Lo malo es lo que sigue, pues afirma que ese valioso espacio “es el que debe dedicarse al comercio.” No se trata, pues, de recuperarlo en principio para privilegio del peatón y no como espacio público sino para comercio, única manera —parece ser la tesis persistente— en que la ciudad puede ofrecer hoy espacios medianamente dignos a sus habitantes.

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Eso tiene que ver con el modelo de inversión. En el punto número doce dice que en el CETRAM Chapultepec ve “bien gestionados los riesgos, por su puesto a reserva de hacer una revisión escrupulosa de los instrumentos jurídicos que la respaldan,” algo que de hecho ya estudió y cuestionó la propia Contraloría del Gobierno de la ciudad. En el punto anterior se pregunta si la inversión privada “está mal” y acusa “la costumbre de satanizar fácilmente la inversión privada.” Por supuesto hay quien la sataniza, pero hay más que cuestionan la inversión privada en asuntos públicos cuando los procedimientos y los beneficios no son tan públicos. “Todos nos beneficiamos, unos más y otros menos,” dice Roberto. El problema es quiénes se benefician más y cómo: ¿por qué, por ejemplo, los beneficiados de transformar espacio público en un lote y asignarle un uso del suelo que no tenía, serán, en una proporción de 98 a 2, los inversionistas y no todos, es decir, la ciudad? Porque ellos son los que construyen la torre, el hotel y el centro comercial, se dice. ¿Hacen falta?

En su segundo punto, Roberto atiende esa cuestión y se pregunta si “está mal que se construyan oficinas y hotel en una zona saturada,” para responder que “si un inversionista decide construir hotel y oficinas es porque hay mercado.” ¿Es ése el criterio primordial que debe regir las decisiones del gobierno en torno al espacio público y la infraestructura urbana?Sé que estoy simplificando —agrega Roberto—, pero el hecho de que en ciertas zonas de la ciudad veamos muchas grúas de construcción habla de un dinamismo económico y oportunidades para la ciudad.” Sí, está simplificando, y mucho. Y lo vuelve a hacer en el punto nueve: “¿están mal los rascacielos?” Lo hacen las grandes ciudades y la industria se beneficia de ello, genera empleos y derrama económica, dice. Pero las preguntas ¿para quiénes, para cuántos, dónde?, parecen no estar en el espectro de las preocupaciones del gobierno actual. Es claro que el problema no son los rascacielos en general, sino la explicación razonada de la necesidad y los beneficios reales de construir una torre de 40 niveles para hacer bien el CETRAM. Ni la pregunta  es sólo, por supuesto, si en esa zona puede haber más torres y hoteles, sino si la ciudad debe desincorporar parte del Bosque de Chapultepec para fabricar un terreno donde, además del muy necesario CETRAM, se construirán más de 67 mil metros cuadrados de oficinas, 27 mil de hotel y más de 14 mil de comercio con el pretexto de financiar la inversión. La excusa en este caso no es sólo la falta de recursos sino, como explica en el punto número siete, que “el gobierno es un mal administrador de esos espacios.”

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La franja verde es lo que la ciudad “necesita,” abajo, cinco niveles de estacionamiento.

 

En el cuarto punto Roberto escribe: “en el caso del estacionamiento, se habla de 378 cajones,” lo que lo lleva a eludir el reclamo de que resulta absurdo, para arreglar un centro de transferencia modal de transporte público en un área ya con muchos estacionamientos, construir otro. Los datos que proporciona Roberto son erróneos. La torre, el centro comercial y el hotel requieren, por reglamento, 3173 cajones de estacionamiento. La memoria del proyecto dice que “de acuerdo con el criterio analizado por el director responsable de obra y el perito en desarrollo urbano, se ha propuesto la reducción sustancial de la oferta de cajones de estacionamiento, con la finalidad de incentivar el uso del transporte público como principal modo de transporte y desincentivar el uso del vehículo para llegar hasta el predio.” La idea es buena y la reducción fue de la mitad. Con todo, queda un estacionamiento para 1878 autos en cinco sótanos —del 3 al 7, pues el primer y segundo sótano son para el CETRAM, propiamente. Si el gobierno de la ciudad, en un acto de inteligencia urbana y planeación, hubiera buscado otro modelo de inversión en el que no se requiriese tanto estacionamiento, probablemente los usos y el volumen construido habrían sido distintos. Eso no fue así porque el criterio urbano imperante parece ser si hay mercado, está bien.

 

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En el punto número ocho, Roberto habla del uso del suelo del terreno: hay quien lo cuestiona y que el cambio no haya pasado por la aprobación de la Asamblea Legislativa —como debió ser. Al inicio de la memoria del proyecto se lee que el predio donde se construirá la torre y el centro comercial tiene “forma irregular (y) está ubicado en la colonia Juárez en el límite de la delegación Cuauhtémoc y el Bosque de Chapultepec. Sobre la avenida Chapultepec con el número oficial 531 y con una superficie total de 30,233 metros cuadrados.” Lo irregular, aquí, es la forma como una zona que estuvo clasificada como área verde y que no era parte de la delegación Cuauhtémoc sino que estaba fuera de sus límites, pasó a ser terreno con número oficial y uso de suelo. La nueva excusa que plantea Roberto tampoco tranquiliza: “existen una serie de instrumentos y normas barrocas con las cuales cualquier zonificación es posible en la ciudad.” Pasó, nos dice, lo que con torres como Mitikah o Pedregal 24, casos muy cuestionados, por cierto, pero construidos en terrenos que ya eran privados.

“La torre del CETRAM mirará hacia Chapultpec, hay mucha gente a la que le gusta tener esas vistas,” dice Roberto. Curiosamente ahí el gobierno no aplica las leyes del mercado que tanto defiende: mucha demanda, poquísima oferta de terrenos sobre reforma con vista completa al Bosque (sólo ese). ¿Qué implicarían las leyes de oferta y demanda sobre el valor y costo de ese suelo? No se ha vendido, es una concesión, nos dicen, y al final el edificio será “nuestro.” Pero jamás se explica, de no ser mediante esos argumentos circulares, por qué haría falta hacer todo eso para un negocio tan dudoso. Si vemos el esquema básico del CETRAM, parece funcionar muy bien: el suelo para uso público, el subsuelo como infraestructura. Pero visto ya en el complejo, lo que se dedica al uso y espacio público —la delgada franja verde en el dibujo isométrico— y lo que es espacio y servicios privados, es clara la desproporción entre lo necesario para la ciudad y lo necesario para el inversionista. Algo que nuestro funcionarios evitan explicar y prefieren sólo justificar. 

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En fin, los oscuros retruécanos burocráticos y la incapacidad de administrar lo público son usados por funcionarios, una y otra vez, como excusa, haciendo de sus defectos, virtudes: como no tenemos dinero (que habría que traducir a como no sabemos administrar el dinero) está bien que invierta otro; como no sabemos qué poner ahí, está bien que el que invierte lo decida; como no sabemos gestionar ni administrar el proyecto, está bien que lo haga el inversionista. Así, proyectos necesarios para la ciudad se hacen siguiendo no siempre ni fundamentalmente el interés común o —como escribe hoy Salvador Camarena— se dejan de hacer por la falta de capacidad de gestionar y explicar con transparencia las propuestas.

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Written by ahgalvez

20/05/2016 a 08:45

Publicado en Uncategorized

2 comentarios

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